martes, 30 de diciembre de 2008

EL POBRE PEDRO - Juan Pomponio



La nave estaba a la deriva, perdida en un océano de óxido, flotando entre los desechos que la humanidad había vertido impiadosamente. Enormes icebergs de basura navegaban sobre la inmensidad del agua corrosiva. Aquel lugar era conocido como el mar tóxico, La Gran Lagartija: un lugar visitado por los demonios del pasado, adormecidos por antiguos lamentos que sonaban cuando el sol se destrozaba sobre la línea del infinito.

La tripulación, cercada por el hambre, continuaba con su desesperación; la ultima rata había sido comida ese mismo día, por la mañana; el aroma de carne asada aún permanecía en el aire, como un latigazo de crueldad sobre aquellos hombres abandonados; ya no quedaba nada, ni siquiera los insectos; tampoco se salvaron las cucarachas gigantes; todo había sido consumido. Las provisiones habían alcanzado para un determinado tiempo de navegación, pero llevaban varios meses de atraso porque la tormenta de vientos envenenados les había obligado a cambiar el rumbo. Los marinos temblaban. El hambre, instalado en el barco desolado por la locura, observaba imperturbable.

La situación se hacía insostenible y todos cuidaban su vida, mirándose unos a otros con recelo; la hambruna voraz acechaba con tentáculos siniestros. Pasaban los días y ellos continuaban sumidos en un silencio trágico. Sólo tomaban el agua que extraían del mar, procesándola con la maquina purificadora.

El hambre camina por la borda con paso lento; los dolores de estómago son insostenibles, calambres agudos comienzan a llamar al descontrol. Ya ni se miran. Nadie se anima a nada. El miedo y lo macabro circulan entre los hombres agotados. Todos desconfían de todos.

—Ha llegado el momento de tomar una decisión —dice finalmente el capitán—. Y como responsable del barco, tengo que decirles la verdad. No tenemos alternativa. El médico de la nave hará una revisión minuciosa de todos nosotros, y luego de una evaluación física determinara quién es el más débil y ése será sacrificado en honor de la salvación de los demás. Esa carne prohibida será el pasaje a la conquista de algo que existe más allá de esta historia. —El capitán pensaba y miraba hacia su tripulación con una autoridad mucho mayor que la normal, estaba tomando decisiones que no eran suyas—. Si no lo hacemos así empezaremos a delirar y de todos modos nos comeremos unos a otros, como bestias. Debemos resolverlo con nuestro pensamiento y con la aprobación de todos. Con un cuerpo podremos alimentarnos durante algunos días y tal vez encontrar la tierra buscada. Será un cuerpo, o dos, o quién sabe cuántos, pero no tenemos otra salida. Piensen, tienen una hora para meditar y decidir.

El murmullo de la tripulación ascendió por las velas, hacia el cielo, como iniciando una plegaria salvadora. Las palabras del capitán sonaban coherentes pero, ¿cómo sería tener que comerse a un compañero? ¿Quién lo sacrificaría? ¿Quién lo asaría igual que a las ratas? Sonaba aberrante, pero no tenían escapatoria. Uno o dos días más de hambre y empezaría a atacarse, con la naturalidad del que desea sobrevivir. Cada miembro de la tripulación se convertirá en un animal o en algo mucho peor que una bestia.

Luego de la meditación, los hambrientos tripulantes deciden aprobar la sugerencia del capitán. La suerte está echada, el médico comenzará a revisarlos uno por uno. Un silencio muerto flota en el lugar, el médico será el ejecutor de un designio reservado a las fuerzas Misteriosas. Él es el más adecuado para decidir quien deberá ser sacrificado... aunque el médico ya sabe quién es el más débil, todos lo saben, pero nadie se anima a tomar la terrible determinación.

Hasta que de pronto, uno de los hombres, el más delicado, da un paso al frente y dice:

—Todos lo saben. Yo también lo sé. No podré resistir mucho más. ¿Un día, acaso dos? Ya estoy listo. —Mientras habla un sopor de espanto le quema la carne agotada—. Tomen mi cuerpo y salven sus vidas. Mi carne será el alimento que los salvará a todos. Ya estoy preparado. Ahorremos el tramite de mi sufrimiento. ¡Por favor!

Un silencio de hielo cubre la nave; nadie hablaba. Todos se miran, nadie se anima a dar el siguiente paso. ¿Quién matará al pobre Pedro? ¿Se atreverán a comer su carne? Cada minuto es crucial. Pedro está ahí, listo, entregando su vida por una causa noble y justa. Pero: ¿qué dirá el Universo? ¿Qué pensarán las leyes de la existencia? Nadie quiere tomar en sus manos esa maniobra cruel del destino, nadie está preparado, nadie es lo suficientemente frío como para hacerlo.

Pedro se adelanta unos pasos, coloca el caño del fusil del capitán en su cabeza y lo insta a disparar.

—¡Dispare, capitán! —grita con fuerza inhumana.

El capitán aparta el arma, y comienza a llorar, y todos lloran. ¿Comerán a un compañero? El hambre acecha, morboso, la tortura del dolor quema los rostros. En ese momento una gran esfera se ubica sobre ellos: una luna antigua, presagio de desgracias. El hambre sonríe y los mira con desprecio, ya no es hambre, ya se ha vestido con las ropas de la locura.

—¡Dispare, capitán, dispare hijo de una gran puta! —El insulto brota desde el fondo del alma de Pedro como descargando toda su impotencia—. ¡Dispare! ¡Dispare! Es una orden. ¡Dispare!

El estampido rebota en el silencio del fin, el disparo marca el comienzo de la vida. Nadie olvidará ese disparo. Nadie olvidará el grito del pobre Pedro, y nadie olvidará, aunque logre vivir mil años, el terrible grito del vigía: ¡Tierraaaaaaaa! ¡Tierraaaaaaaaaaaaa!

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